Fina mano de blanco enguantada
sombrilla de tul portaba
pero el siguiente parpadeo le decía
que sobre el puente no estaba.
A cerrar los ojos volvía,
cabellera rubia, cinta alba,
de níveos encajes el vestido,
por el puente se deslizaba.
Y el nuevo parpadeo le decía
que sobre el puente no estaba.
Buscó el pañuelo sobre las aguas flotando,
una mano agitándolo,
una mirada embelesada…
pero sobre el puente no estaba.
En su mecedora se hamacaba el pintor;
vagar dejaba su mirada por el desnudo muro
donde sólo el cuadro habitaba.
Pensaba el hombre en aquella dama
que soñó conducir sobre ese puente
de una orilla a la otra de su existencia.
Mas en el pentagrama de su vida
las corcheas de esa risa anhelada huyeron esquivas.
Sentado en su mecedora el pintor mira su cuadro
mientras lento el azul se apaga en la noche definitiva.
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