Las letras estuvieron siempre ahí: en los rincones de la
casa, del jardín, entre briznas, raíces,
semillas, pétalos vivaces y mustios o arremolinadas con las hojas cuando se
enfurecía la brisa.
Sin percatarme de su presencia fui corriéndolas de lugar,
las dejé vagar libres disueltas en el aroma de las rosas y los jazmines o entre
el verde húmedo y la tierra a veces reseca.
No lo supe pero estuvieron conmigo durante años. Una frase
leída al azar – “las personas más difíciles de amar son las que más lo
necesitan”- las orientó y cobraron pleno sentido, se hizo explícito lo oculto:
se unieron las letras tanto tiempo dispersas e ignoradas y así supe que estoy
enamorada de ti; así, simple, lejos de cualquier razonamiento lógico. Enamorada
del ser que habita en tu coraza. “Nunca nadie sabrá jamás lo que pasa por mi
cabeza” enunciaste. ¡Qué frase! ¡Cuánto decir
oculto hay en esas palabras!
Ahora que las letras se ordenaron y cobraron significado,
las recojo y acomodo en un lugar de mi memoria cotidiana. Nada hay por hacer,
básteme saberlo.
Desde esta lejanía me pregunto cuáles serán tus miedos, a
qué se debe esa negación a que una mujer ocupe un lugar activo en tu afecto.
Me deleito viendo las
letras ordenadas que me dicen que igual te aprecie, te quiera, sueñe contigo
tal como una adolescente se enamora del amor. Llevaré las letras conmigo como
un talismán ¿qué otra cosa puedo hacer a esta altura de la vida, cuando se está
de regreso de casi todas las rutas?
No me siento mártir ¿queriéndote? A la distancia. No me
siento colegiala descubriendo los primeros rubores pudorosos. Eres digno de ser
amado. Sólo te regalo mi amor a la distancia, en el silencio, en lo recóndito.
