jueves, 17 de noviembre de 2011

EL ÚLTIMO SEGUNDO


Tic tac. Tic…tac… Tic…
Cayeron los párpados con lentitud, como negándose a hacerlo. Un rumor confuso dentro del cerebro daba órdenes contradictorias: abrirlos y seguir; cerrarlos y entregarse.
Tic… tac…
De una cara estaba lo bullente, lo vertiginoso, lo apasionante de la vida; detrás, la entrega inerme.
—¡Abrí los ojos! ¡No te vayas, volvé!

Doris escuchaba la voz del médico que la urgía a levantar los párpados. Las imágenes danzaban alocadas,pasaban raudas ante sus ojos semiabiertos: las caricias de su padre, el nacimiento de sus hijos,…
Tic tac. Tic tac.
—¡Vamos, Doris! Un esfuerzo más
Las imágenes rodaban, se atropellaban; las había luminosas, descoloridas; lágrimas, lágrimas, muchas lágrimas. Otras se rebelaban a concretarse en forma y color. La mujer pasaba revista a su vida. Suspiró.

—Está volviendo; esperemos.
Tic tac. Tic tac.
Segundos que valían por la eternidad. Un instante. Una mínima fracción de segundo para decidir si alzaba los párpados o no.

Tic tac. Tic tac. Tic tac. Tic... tac...Tic...
El médico, que no despegaba sus ojos de los de ella ni sus manos prestas a la resucitación cardiopulmonar, vio de pronto sólo la esclerótica ocupar las cuencas oculares. Ni un estertor ni un suspiro ni la exhalación final. Doris se fue llevándose todo consigo.



Juan arrojó el reloj por la ventana del departamento. En su incredulidad e impotencia pateó muebles, puertas y paredes. No gritó, ni siquiera habló. La muerte de Doris lo dejaba perplejo y desairado a la vez. Morirse así, en unos minutos, sin que mediara circunstancia previa…Al fin ¿quién se creía que era? Irse al otro mundo sin haber pensado en él.
Que se ocuparan los hijos de los trámites del sepelio, que la sepultaran donde quisieran o la cremaran pero ni de sus cenizas se ocuparía. Dejarlo así… No era justo. ¿Quién se ocuparía de sus menesteres ahora? Así…tan repentinamente.

Salió del departamento, ante la mirada de los demás, sin pronunciar palabra. Que lo miraran, nomás. Caminó sin rumbo. La tarde estaba linda, serena. Por un instante creyó ver que Doris se le acercaba; la rechazó con el pensamiento. Él haría su vida.

Los hijos la sepultaron. Lloraron más pensando en todos los disgustos que había pasado su madre que por su muerte. Al fin, para ella había sido una liberación. La historia había sido demasiado cruda; había puesto el punto final con su deceso. Ellos estaban tranquilos a pesar de su ausencia inexorable; de todos modos, no habría regreso para segundo intento.

Ninguno quiso buscar a su padre. Andaría por ahí, cerca, lejos, no querían saberlo. Hombre bueno pero déspota. No querían convertirse en sus nuevas víctimas. Por el momento dejarían las relaciones parentales en ese estado; luego verían.

Juan retomó de inmediato su trabajo, su rutina de vida. Apenas agradecía las condolencias por mera cortesía y de inmediato cambiaba el tema. Doris era pasado. Doris era inexistente, no podía dedicarle ni un segundo de su presente. Ella lo había dejado, había decidido morirse en lugar de acompañarlo, sostenerlo en la concreción de sus proyectos. No existía. Él atendía su presente, su camino trazado. Llegó a olvidar que había estado casado. Al fin, “nadie se muere de soledad”, afirmaba.

Pasaba el tiempo e iba deglutiendo todas las circunstancias que le vida le ofrecía, siempre solo. Se las apañaba. No se lo veía con nadie, convencido como estaba de que jamás sería comprendido.

Tic tac. Tic…tac… Tic…
Cuando Juan no pudo levantar más los párpados, nadie se enteró.

sábado, 3 de septiembre de 2011

ÁGUILA


Diana solía pasar mucho tiempo sentada en la hierba del parque en silencio, con la mirada dirigida hacia lo alto.
Aunque no tenía dificultades para integrarse con otras nenas y era alegre y vivaz, frecuentemente se la encontraba sola, mirando el cielo.
— ¿Qué ves allí arriba, Diana?, preguntó la madre
— Mucho espacio libre, las nubes. Me gustaría estar allí. Algún día iré, sentenció
— ¿Y qué harías en ese lugar ¿ inquirió Susi continuando el fantaseo de la pequeña
— Miraría todos los árboles, las casitas de los duendes, el río, los animalitos. ¡Será hermoso estar ahí! Volar y volar, con todo el espacio para mí, sin molestar a nadie y que ninguno me diga por dónde tengo que ir
Susana se asombró de las palabras de la pequeña, hablando de alguna forma de libertad, autodependencia y, en cierta forma, de moverse sola por el mundo.
— Sí, mi amor, pero no hay escaleras tan largas que lleguen hasta el cielo, acotó como para borrar sus impresiones
— No importa. Yo tendré alas grandes y fuertes y podré volar, no como el tonto del avestruz que tiene las alas grandes pero no le sirven para recorrer el cielo.
Para sacarla de su ensoñación le sugirió unirse a su abuelo que andaba por allí; quizá continuarían hablando de pájaros…
Ignacio había heredado de su padre la pasión por el avistaje de aves. Las reconocía por su silueta en movimiento recortada en el cielo del amanecer y de las últimas luces del día. Las figuras que trazaban en el aire eran para él como un ballet en una gala. No hubo otra tarea que le apasionara más para conectarse con la otra faceta de su vida; su largavistas era esencial en su lugar en este mundo.
—Abuelo, ¿qué estás mirando?
—Unos pájaros
—Quiero ir a verlos más cerca de ellos
El ruego en la vocecita, con la curiosidad propia de sus tres años, se aunó con su pasión.
—Bien, nos acercaremos con mucho cuidado. ¿Caminarás tomada de mi mano sin soltarte, verdad?
Iniciaron el ascenso hacia un monte boscoso ubicado tras un promontorio de rocas. El sol, acompasando el paso de las nubes, doraba, encendía o grisaba las piedras.
Tras el roquerío apareció el bosque aromado de cedros y pinos, encendido de arces cobrizos, cuyas copas recortaban en el cielo ondulante recorrido. Una coreografía de verdes brillantes, azulados, gris pleno en el gran aromo; cortezas blancas o canela entre las de colores castaños, lisas unas, o rugosas otras…El sitio ideal para que habitaran las hadas y duendes de Diana.
Ninguna hoja rumoreaba en la quietud del momento. Sólo, más allá, desde un gran árbol aislado, llegaba el sonido del aleteo de una pareja de águilas. El nido se divisaba con nitidez, debido a su gran tamaño, por lo cual supo Ignacio que sería ya bastante viejo.
De pronto, el hombre percibió cómo a su mano aferrada a la de la niña pasaban las vibraciones convulsivas de la chiquita. Sin que tuviera tiempo para reaccionar, Diana corrió en dirección al gran nido.
Ignacio, presa de del sofoco producido por la desesperación, cruzó el bosque al tiempo que atinó a llamar a la familia. Él no esperaría, correría los riesgos que se presentaren para rescatar a la nena.
Al momento de llegar las otras personas quedaron todos pasmados al ver a Diana introducirse en el hogar de las águilas, mientras la pareja de aves revoloteaba sobre el mismo.
Aquí comienza otra historia: la niña se sintió transportada a otra dimensión, dejó de ser Diana. Desde el fondo calentito del nido, sus ojitos curiosos observaban el cortejo de la pareja, que se elevaba encumbrándose utilizando las corrientes térmicas, los vuelos ondulantes con repetidas caídas en picado y nuevo ascenso en rápido aleteo. Finalizada la danza, la hembra ofreció sus garras al macho con quien había compartido toda su vida, justo encima de su hogar, sin dejar de mirarse ambos a los ojos durante el apareamiento.
Diana sintió convertirse en una masa gelatinosa protegida por un cascarón. La hembra la incubaba y , pasados tres días, puso otro huevo.
Como era de esperar, eclosionó primero el de la nena quien, ni bien nació su hermanastro, lo devoró respondiendo a los dictados de su nueva especie, reproduciendo en cierta forma el complejo de Caín y Abel.
Casi un año se extendió el acompañamiento de sus nuevos padres. Afinó su comportamiento incorporándolo a su memoria, adquiriendo a la vez la capacidad de resolver nuevos problemas, capacidad que muchas veces predomina sobre el instinto; condición esencial pues las águilas vuelan solas, no compiten con otros ejemplares de su especie.
Los fuertes picotazos de sus progenitores le indicaron que había llegado el momento de emprender su vida autónoma. Se elevó alto, muy alto, con todo el cielo para ella. Allí arriba tomó mayor conciencia de la agudeza de su vista, con dos puntos focales: uno para mirar hacia el frente y el otro, hacia los costados escudriñando la distancia para descubrir su objetivo y lanzarse hasta alcanzarlo.
Allá abajo, un bosque, mamíferos que satisfarían su apetito y el hilo de plata en donde abrevarían antes de que ella los capturara con sus garras poderosas y los casi tres metros de envergadura de sus alas le facilitara llevarlos al lugar indicado para devorarlos.
Las tormentas no la amedrentaban, utilizaba las ráfagas de viento tempestuoso y planeando se elevaba sobre la misma superando los peligros que representan los vientos y la lluvia.
Un día, un macho había desplegado su plumaje ante ella, le había ofrecido alimento, danzó para su solaz. Supo entonces Diana que la otra parte de la historia, la de la perpetuación de la especie, había dado comienzo. Buscaron un árbol frondoso, alejado del bosque. Sostenido de la horquilla más fuerte comenzaron a construir el nido que sería su hogar, el que iría creciendo con el pasar de los años. También realizaron el vuelo nupcial y mirándose a los ojos se entregaron el uno al otro para toda su existencia.
Como a todos los ejemplares de su especie, les llegó el momento de renovar su pico, garras y plumas para poder continuar su vida. Un proceso doloroso, que llevaron a cabo en soledad y les insumió cinco meses pero les aseguró otros treinta o cuarenta años de vida.
Al igual que las águilas, los seres humanos muchas veces necesitan resguardarse por algún tiempo y comenzar un proceso de renovación, desprendiéndose de costumbres y otras ataduras del pasado que impiden el desarrollo, ya que sólo libres del peso del pasado se puede aprovechar el valioso resultado de una renovación.
Diana también picoteó con fuerza a sus polluelos para que emprendan su propia vida. Otra enseñanza valiosa: el reconocimiento de los hijos como individuos y no como prolongaciones de los progenitores.

Ignacio falleció de tristeza al poco tiempo del episodio. Susana comprendió y respetó las palabras de su hijita; supo que de esa manera lograría su objetivo.

domingo, 28 de agosto de 2011

RAÍCES




Huérfano de madre desde los dos años, Lucio era inseparable de su padre. El traqueteo de las ruedas del tren sobre los rieles fue su canción de cuna y la melodía hogareña que acompañó su crecimiento.
Las reuniones en La Fraternidad formaban parte de su rutina, igual que el trayecto por el metálico andarivel, llevando piedra y otros materiales en una formación de ochenta vagones de una localidad a otra o el cambio de vías a la altura de la avenida Colón.
Tenía tan incorporadas esas actividades que no se las cuestionó sino hasta haber cumplido los veintidós años. Quería otro futuro para él.
Como burla del destino, comenzó a trabajar como chofer en ómnibus de larga distancia, ahí no más, pegadita la terminal a la estación ferroviaria. Impecable camisa celeste, pantalón y corbata azules, una palabra siempre atenta para los pasajeros, inició a rodar por la ruta entre Olavarría y Buenos Aires. Pocas veces lo enviaban a otros destinos; habitualmente finalizaba su recorrido en su ciudad natal para el descanso, quizá por cuestión del costo de los viáticos.
Sentía un placer que lo embriagaba al pasar con la unidad, al entrar o salir de la ciudad, frente a una casa antigua, ubicada sobre avenida Pringles, cerca de la Colón. Su sueño era comprarla para que fuera su refugio, su “bunker”.
— Nene, ¿una casa tan vieja vas a querer? De sólo pensar en las refacciones debería darte escalofríos. Así comentaba su compañero de viaje antes de acomodarse para dormir hasta Las Flores, donde debía tomar el volante.
A veces hablaban de mujeres, de las que tenían como compañeras de paso por una u otra localidad; de algunos críos que veían de vez en cuando porque ser chofer de larga distancia implica estar casi siempre rodando y con suerte, dormir alguna noche en algún hotelucho o con esa mujer que aceptaba con naturalidad la ocasional visita. Varios tenían esposa e hijos legitimados a quienes también veían entre pasada y pasada y en el fondo, muy en el fondo de su celo, les cabía la duda de su paternidad.

Antes de cumplir los cuarenta años, Lucio volvió sentir con fuerza esa sensación de insatisfacción y vacío que no compartían sus compañeros de trabajo, conformes con su ir y volver; era lo que habían elegido o lo que la suerte laboral les había puesto por delante y no cuestionaban. Tampoco se preguntaban si eran felices; lo hacían y nada más.
El panorama de los viajes se abrió ante Lucio como un abanico multicolor cuando entró a trabajar en una empresa de trasporte de cargas variadas, con camiones. La sede central estaba en Buenos Aires, en Lanús. En su recorrido hasta allí desviaba su atención ante cada casa antigua; parecían llamarlo.
Era otra vida, aunque siempre sobre ruedas. No conocía otro tipo de actividades. De hierro o de caucho, sus vivencias ocurrían a cien centímetros del suelo. Lo enviaban a distintos lugares del país; así supo de calores sofocantes o transitar por la nieve con las cubiertas encadenadas.
Sus ojos nunca dejaron de detectar y detenerse en añejas viviendas. En esos momentos, sentía que el vello de todo su cuerpo se erguía formando matorrales, como finas raíces enmarañadas. Una sensación inexplicable que no dejaba de ocurrir.
Un día decidió bajarse de las ruedas y comenzar a desplazarse con sus propios pies; le costaba hacerlo, fuera por la falta de costumbre o porque sus pies se habían vuelto nudosos por la artritis o vaya a saber qué.
Lo primero que buscó con el corazón apretado por la ilusión y el bolsillo abultado por el dinero reunido para comprarla, fue la casa de la avenida Pringles, casi Colón. La vivienda lucía ahora un aspecto exterior impecable. Un cartel anunciaba que allí funcionaba un hogar de descanso para ancianos. Repasó su historia personal: su padre había fallecido siendo maquinista; La Estrella y Plusmar tenían choferes con rostro apergaminado, la sonrisa parecía atada con un hilo para que no decayera ante los pasajeros y los ojos como hendiduras que habían dejado de apreciar la diferencia entre un día soleado, uno nublado, otro tormentoso, la noche, el día. Sus compañeros camioneros sufrían tan fuertes dolores a la altura de los riñones que les hacían maldecir cada viaje, protestaban furiosos por los tiempos muertos esperando ser cargados o descargados.
Se preguntó si con sus sesenta y cinco años era tan anciano como habitar en ese hogar de reposo o si le quedaba resto como para hacer suya esa casa de alguna manera.
Durante varios días la miró desde la vereda. Una noche saltó la reja y se dejó caer en el jardín que antecedía la entrada a la vivienda. Se acercó al cartel adosado a la pared izquierda; lo acarició y con sus brazos extendidos en cruz asió cada extremo. Todos los vellos de su cuerpo se erizaron formando matorrales como finas raíces enmarañadas.
La primera luz del sol acarició la nueva enredadera llena de botones florales que adherida a la pared, enmarcaba el cartel.