lunes, 25 de julio de 2011

DAVID


Caro, llamó la abuela ¿Podés ir al súper a hacerle las compras?
-Sí, má. Termino de acomodar los apuntes de la facultad y voy.
Carolina no sabía si juntar papeles, coraje, resignación o fastidio. Al fin la abuela Tita era la madre de su madre; se preguntó cuándo, en qué momento se de la vida uno termina por hacer a un lado los deberes filiales o el simple placer de hacer algo por sus progenitores.
Los 96 años de Tita hacían que dependiera de un andador para desplazarse; su lucidez mental su don de gentes, su impecable presencia, su campo cultural e iniciativas eran envidiables.
Caro tomó el 176 que la dejaba a dos cuadras del supermercado , a una de la de su abuela. Compró todo lo que pedía la lista y agregó por su cuenta unas masas finas, un mimo para la abuela.
Desde la esquina cercana al chalet de Tita vino un gran auto estacionado en la casa. Modelo nuevo, marca de buena cotización en el mercado. Su abu tendría visitas…
Al llegar vio todas las luces encendidas, los cortinados apenas entreabiertos; suave música selecta armonizando los espacios, rosas de delicada fragancia en la mesa para el té, preparada para tres personas, con su mejor vajilla Limoges. Tita lucía como en sus mejores tiempos (había sido una bellísima mujer) y el invitado, ya instalado…¡sorprendente!: de no haber sido ella profesora en Artes, su asombro no habría sido mayor al encontrar al mismísimo David de Michelángelo sentado a la mesa de su abuela.
-Pasá, pasá, Caro. Estábamos esperándote para iniciar con el té.
Colocó las masas finas en una fuente, las colocó junto a otras delicias y tomó asiento.
Una sensación inexplicable aturdía a la joven, no podía discernir entre realidad y fantasía. Pero el hombre estaba ahí, podía oírlo, palparlo si se atreviera.
-Conocés al señor ¿verdad, querida? Ella es Carolina, mi nieta.
-El placer de saludarla y conocerla, señorita…
-De igual modo, caballero. Comprenderá sin duda usted mi incertidumbre… Pensarlo en Italia, en un museo, sobre un pedestal y que estemos aquí dialogando supera cualquier fantasía… o delirio.
Tita contemplaba complacida a los jóvenes dialogando; la sonrisa le iluminaba el rostro. Mientras tanto, con el rabillo del ojo iba registrando a los curiosos que “sin querer” miraban hacia el interior de la vivienda. Imaginaba con picaresca alegría los comentarios que correría: “¡Un hombre desnudo en casa de Tita!!...¡Y qué musculatura, qué perfil, la piel brillosa como…ahhhh!!”
- No comprendo cómo llegó aquí- dijo por fin Caro, con la intriga trazando surcos en su rostro, pequeñas líneas paralelas en su entrecejo y adelantando sus labios sobre su boca.
- Usted no cree en las brujas ¿verdad? Pero que las hay…las hay
- Disculpe, me parece que no estamos para sandeces. ¿Me haría el favor de ponerse de pie, en la misma postura en que se lo conoce?
- La comprendo... a medias. Usted busca una explicación racional a mi presencia en esta casa. ¿Pensó en cuántas veces su abuela me vio en el Museo y que a su edad y con su capacidad financiera bien pudo darse el lujo de sacarme “a pasear” un poquito, como lo hacen con las obras de Dalí o de otros artistas?
David irguió sus tres metros de altura, colocó la pierna derecha en contraposto para asegurar el equilibrio; cargó la honda sobre su brazo izquierdo, dejó caer su brazo derecho finalizado en una mano algo mayor que la proporción requerida. Sus ojos perdieron la luz, su rostro de concentró en la proximidad del ataque a Goliat. La majestuosidad del mármol de Carrara y el ideal griego de belleza se concretaron ante Carolina.
-Tal cual! Detalle por detalle. No cabe ni la más mínima duda- dijo la joven con ojo de experta- Gracias. Disculpe, ¿puedo ofrecerle algo para cubrirse?
-Ja,jaj,jajjj! Soy David, no la Maja de Goya que visten y desvisten según pruritos de época.
- Permítame preguntarle acerca de su rictus, preparado para el ataque a Goliat… Se contradice con su voz clara, la serenidad de su trato y expresiones.
-Seamos realistas, mujer. De un gran bloque de mármol de Carrara, otros dos escultores no pudieron sacar más que desechos. Miguel Ángel me esculpió por pedido y salí como salí. Yo no soy yo. No conocí a Goliat. Esas son historias bíblicas.
El té y las confituras iban desapareciendo de la mesa entre palabra y palabra y los curiosos fuera de la casa de Tita iban en aumento. Las mujeres miraban con poco disimulada exacerbación y los hombres, sintiéndose cada vez más mínimos, casi pigmeos.
-¡Qué situación, David! En el museo no pasará desapercibida su falta.
-No pienso volver, querida. Ya dejé la mi réplica, que estaba afuera, en mi lugar. En todo caso, nadie se molestará cosa por una réplica.
-¿Qué piensa hacer entonces de su vida?
-Hum…¿le parece que podría desarrollarme como stripper?...
LA picardía en los ojos de la abuela Tita, con su gesto de satisfacción iluminando su rostro; el asombro en los de Carolina que no llegaba a conjugar la belleza griega en una acción tan mundana y el “síííí” desaforado y prolongado de las voces femeninas del exterior resolvieron la situación.

martes, 21 de junio de 2011

MAR




Necesitaba repetir ese paseo. Embarqué nuevamente en el “Leonardo da Vinci”; reiteré cada paso hasta la proa y me ubiqué en el mismo lugar.
Ronronearon los motores del catamarán; con movimientos suaves y certeros salió del atracadero y se ubicó mar adentro, paralelo a la costa. El guía nos dio la bienvenida y comenzó su guión explicativo.
Hacia la derecha, el azul inquieto del mar destellaba como espejo corcoveante. Mis ojos no se apartaban del agua. No me interesaba la ciudad vista desde allí; me eran indiferentes sus barrancos tapizados de verde y manchones multicolores.

El mar. El mar me absorbía, me hablaba con sus olas que el viento arreaba en tropel. La quilla del buque las hendía desafiante y ellas le respondían con un estallido salvaje asperjando con su cresta altiva la cubierta. Nuevamente pude atrapar gotas salobres en la boca, repitiendo el rito de comunión. Mis compañeros de viaje festejaban con gritos y risas nerviosas la forzada danza a la que el mar nos sometía.
Pasada la ráfaga, el cabeceo furioso de la nave se trocaba en balanceo expectante, a la espera de una nueva acometida. Las aguas pasaban del verde al pardo, ondulaban, caracoleaban y henchían el lomo amenazantes. El rumor en sordina y el fragor de las olas rompiendo se sucedían con demasiada rapidez. Permanecer en aguas abiertas ya resultaba peligroso.

El atracadero acogió impasible al buque en su lecho líquido, oscuro y hediondo.
Desembarqué sin prisa y me quedé en la escollera. Necesitaba estar muy cerca del mar; no en la playa a donde llega adelgazado en un arrullo; no lo requería en el silencio sino en su estruendo al estrellarse contras rocas pardas y esparcirse en miríadas de gotas de cristal…Allí es donde recupero la tranquilidad, la libertad y la fortaleza.

En la escollera, que es la solución de continuidad entre lo plano, lo previsto, cotidiano, rutinario que representa para mí la playa: la vida de siempre, la ya vivida. En la escollera. No en mar abierto que no deja más que cielo abierto, abismo de luz, donde no hay de dónde asirse y entorpece la experiencia del pensar.
La escollera. El punto de quiebre donde quiero inaugurar la mujer nueva, la que aplasta como a valvas de caracoles los silencios obligados, los gritos ahogados; la que quiere redimirse del sufrimiento de la violencia simbólica y de la otra, esa que denigra y desintegra la identidad, la propia imagen.

A golpe de agua se lavarán se lavarán el miedo y la indefensión que a mis siete años me humillaron en la pedofilia. Las olas me cantarán las rondas infantiles que nunca escuché. A golpe de agua azotada por el viento se borrarán las huellas de ese hombre que no supo ser mi compañero y me dejó vacía de ilusiones, de deseos, de sueños.
El viento salobre llenará de dulces baladas mis oídos, limpiará mi rostro con dedos amantes y amables, me abrazará para contener mis angustias.

No me muevo de la escollera; no lo haré hasta que las últimas briznas de mi pasado haya sido devorada por los peces. Aquí quiero inaugurar la mujer nueva.
Entonces se calmarán las aguas. Entonces sí me iré caminando muy despacio, no sé si orillando la playa o mar adentro.

domingo, 19 de junio de 2011

PROFECÍA


Una extraña premonición se cruzó durante mi sueño. No recuerdo qué fue, exactamente; sólo sé que el terror me paralizó un momento y que en la duermevela que siguió atiné a pensar que se trataba sólo de una pesadilla que no pudo aflorar. Me pareció distinguir la respiración contenida de mi esposo pero caí en la cuenta de que era sólo mi fantasía ya que estaba sola en el dormitorio. La luz de la luna me acompañaba fija en la ventana.
Desde que mi marido se dedicara con mayor asiduidad a la escritura, mis noches eran más solitarias. Él prefería el silencio nocturno para idear a gusto sus historias. No había logrado que me dijera cómo las iba entretejiendo; lo único que obtuve fue que se encerrara cada vez más en esa esfera en que la credibilidad de la historia fuera el centro de sus esfuerzos.
Había días en que su personaje lo habitaba con tanta fuerza que tenía actitudes impropias de un adulto en sus cabales, tales como recorrer la casa, a gatas, en plena oscuridad y con el mayor sigilo ¿Qué historia estaría escribiendo?
La pesadilla que aquella vez se insinuó se cristalizó en una escena aterradora: era mi esposo quien mientras yo dormía blandía un hacha con la evidente intención de hacerla caer sobre mi cabeza, un hacha pequeña que recordaba a los de los vikingos, con tientos en la empuñadura y de hoja negra. Una así apareció un buen día decorando la pared del pasillo que comunica los dormitorios con la biblioteca.
La pesadilla se tornó recurrente. Esa noche me levanté y me asomé por la puerta entreabierta de la biblioteca. Él no estaba escribiendo; como transportado a otra dimensión, los ojos azorados de espanto, sostenía en alto el hacha presta a caer. ¿Tanto podía obsesionarle su personaje? ¿Tan vívidamente necesitaba meterse en la piel de su personaje? Había una simbiosis inexplicable entre su conducta y mi pesadilla.
Ese hombre, que me llenara una vez de ternura, comenzó a inquietarme. Parecía obsesionado por su relato, por los giros que iba tomando su historia (esto lo suponía, pues nunca supe qué estaba escribiendo)
Había noches en que, entre sueños, lo escuchaba deslizarse a hurtadillas por las habitaciones y hasta creía verlo de pie ante mí, mirando mis cabellos brillosos de luna, los ojos llenos de terror y un rictus de odio en sus facciones ¿Es que estaría durmiendo con mi asesino?
LA extraña situación continuó. Nunca quise abrir los ojos por temor a confirmar que, efectivamente, mi esposo descargaría el hacha sobre mi cabeza.



A partir del cuento LAS PANTERAS Y EL TEMPLO de Abelardo CAstillo