domingo, 28 de agosto de 2011

RAÍCES




Huérfano de madre desde los dos años, Lucio era inseparable de su padre. El traqueteo de las ruedas del tren sobre los rieles fue su canción de cuna y la melodía hogareña que acompañó su crecimiento.
Las reuniones en La Fraternidad formaban parte de su rutina, igual que el trayecto por el metálico andarivel, llevando piedra y otros materiales en una formación de ochenta vagones de una localidad a otra o el cambio de vías a la altura de la avenida Colón.
Tenía tan incorporadas esas actividades que no se las cuestionó sino hasta haber cumplido los veintidós años. Quería otro futuro para él.
Como burla del destino, comenzó a trabajar como chofer en ómnibus de larga distancia, ahí no más, pegadita la terminal a la estación ferroviaria. Impecable camisa celeste, pantalón y corbata azules, una palabra siempre atenta para los pasajeros, inició a rodar por la ruta entre Olavarría y Buenos Aires. Pocas veces lo enviaban a otros destinos; habitualmente finalizaba su recorrido en su ciudad natal para el descanso, quizá por cuestión del costo de los viáticos.
Sentía un placer que lo embriagaba al pasar con la unidad, al entrar o salir de la ciudad, frente a una casa antigua, ubicada sobre avenida Pringles, cerca de la Colón. Su sueño era comprarla para que fuera su refugio, su “bunker”.
— Nene, ¿una casa tan vieja vas a querer? De sólo pensar en las refacciones debería darte escalofríos. Así comentaba su compañero de viaje antes de acomodarse para dormir hasta Las Flores, donde debía tomar el volante.
A veces hablaban de mujeres, de las que tenían como compañeras de paso por una u otra localidad; de algunos críos que veían de vez en cuando porque ser chofer de larga distancia implica estar casi siempre rodando y con suerte, dormir alguna noche en algún hotelucho o con esa mujer que aceptaba con naturalidad la ocasional visita. Varios tenían esposa e hijos legitimados a quienes también veían entre pasada y pasada y en el fondo, muy en el fondo de su celo, les cabía la duda de su paternidad.

Antes de cumplir los cuarenta años, Lucio volvió sentir con fuerza esa sensación de insatisfacción y vacío que no compartían sus compañeros de trabajo, conformes con su ir y volver; era lo que habían elegido o lo que la suerte laboral les había puesto por delante y no cuestionaban. Tampoco se preguntaban si eran felices; lo hacían y nada más.
El panorama de los viajes se abrió ante Lucio como un abanico multicolor cuando entró a trabajar en una empresa de trasporte de cargas variadas, con camiones. La sede central estaba en Buenos Aires, en Lanús. En su recorrido hasta allí desviaba su atención ante cada casa antigua; parecían llamarlo.
Era otra vida, aunque siempre sobre ruedas. No conocía otro tipo de actividades. De hierro o de caucho, sus vivencias ocurrían a cien centímetros del suelo. Lo enviaban a distintos lugares del país; así supo de calores sofocantes o transitar por la nieve con las cubiertas encadenadas.
Sus ojos nunca dejaron de detectar y detenerse en añejas viviendas. En esos momentos, sentía que el vello de todo su cuerpo se erguía formando matorrales, como finas raíces enmarañadas. Una sensación inexplicable que no dejaba de ocurrir.
Un día decidió bajarse de las ruedas y comenzar a desplazarse con sus propios pies; le costaba hacerlo, fuera por la falta de costumbre o porque sus pies se habían vuelto nudosos por la artritis o vaya a saber qué.
Lo primero que buscó con el corazón apretado por la ilusión y el bolsillo abultado por el dinero reunido para comprarla, fue la casa de la avenida Pringles, casi Colón. La vivienda lucía ahora un aspecto exterior impecable. Un cartel anunciaba que allí funcionaba un hogar de descanso para ancianos. Repasó su historia personal: su padre había fallecido siendo maquinista; La Estrella y Plusmar tenían choferes con rostro apergaminado, la sonrisa parecía atada con un hilo para que no decayera ante los pasajeros y los ojos como hendiduras que habían dejado de apreciar la diferencia entre un día soleado, uno nublado, otro tormentoso, la noche, el día. Sus compañeros camioneros sufrían tan fuertes dolores a la altura de los riñones que les hacían maldecir cada viaje, protestaban furiosos por los tiempos muertos esperando ser cargados o descargados.
Se preguntó si con sus sesenta y cinco años era tan anciano como habitar en ese hogar de reposo o si le quedaba resto como para hacer suya esa casa de alguna manera.
Durante varios días la miró desde la vereda. Una noche saltó la reja y se dejó caer en el jardín que antecedía la entrada a la vivienda. Se acercó al cartel adosado a la pared izquierda; lo acarició y con sus brazos extendidos en cruz asió cada extremo. Todos los vellos de su cuerpo se erizaron formando matorrales como finas raíces enmarañadas.
La primera luz del sol acarició la nueva enredadera llena de botones florales que adherida a la pared, enmarcaba el cartel.

lunes, 25 de julio de 2011

DAVID


Caro, llamó la abuela ¿Podés ir al súper a hacerle las compras?
-Sí, má. Termino de acomodar los apuntes de la facultad y voy.
Carolina no sabía si juntar papeles, coraje, resignación o fastidio. Al fin la abuela Tita era la madre de su madre; se preguntó cuándo, en qué momento se de la vida uno termina por hacer a un lado los deberes filiales o el simple placer de hacer algo por sus progenitores.
Los 96 años de Tita hacían que dependiera de un andador para desplazarse; su lucidez mental su don de gentes, su impecable presencia, su campo cultural e iniciativas eran envidiables.
Caro tomó el 176 que la dejaba a dos cuadras del supermercado , a una de la de su abuela. Compró todo lo que pedía la lista y agregó por su cuenta unas masas finas, un mimo para la abuela.
Desde la esquina cercana al chalet de Tita vino un gran auto estacionado en la casa. Modelo nuevo, marca de buena cotización en el mercado. Su abu tendría visitas…
Al llegar vio todas las luces encendidas, los cortinados apenas entreabiertos; suave música selecta armonizando los espacios, rosas de delicada fragancia en la mesa para el té, preparada para tres personas, con su mejor vajilla Limoges. Tita lucía como en sus mejores tiempos (había sido una bellísima mujer) y el invitado, ya instalado…¡sorprendente!: de no haber sido ella profesora en Artes, su asombro no habría sido mayor al encontrar al mismísimo David de Michelángelo sentado a la mesa de su abuela.
-Pasá, pasá, Caro. Estábamos esperándote para iniciar con el té.
Colocó las masas finas en una fuente, las colocó junto a otras delicias y tomó asiento.
Una sensación inexplicable aturdía a la joven, no podía discernir entre realidad y fantasía. Pero el hombre estaba ahí, podía oírlo, palparlo si se atreviera.
-Conocés al señor ¿verdad, querida? Ella es Carolina, mi nieta.
-El placer de saludarla y conocerla, señorita…
-De igual modo, caballero. Comprenderá sin duda usted mi incertidumbre… Pensarlo en Italia, en un museo, sobre un pedestal y que estemos aquí dialogando supera cualquier fantasía… o delirio.
Tita contemplaba complacida a los jóvenes dialogando; la sonrisa le iluminaba el rostro. Mientras tanto, con el rabillo del ojo iba registrando a los curiosos que “sin querer” miraban hacia el interior de la vivienda. Imaginaba con picaresca alegría los comentarios que correría: “¡Un hombre desnudo en casa de Tita!!...¡Y qué musculatura, qué perfil, la piel brillosa como…ahhhh!!”
- No comprendo cómo llegó aquí- dijo por fin Caro, con la intriga trazando surcos en su rostro, pequeñas líneas paralelas en su entrecejo y adelantando sus labios sobre su boca.
- Usted no cree en las brujas ¿verdad? Pero que las hay…las hay
- Disculpe, me parece que no estamos para sandeces. ¿Me haría el favor de ponerse de pie, en la misma postura en que se lo conoce?
- La comprendo... a medias. Usted busca una explicación racional a mi presencia en esta casa. ¿Pensó en cuántas veces su abuela me vio en el Museo y que a su edad y con su capacidad financiera bien pudo darse el lujo de sacarme “a pasear” un poquito, como lo hacen con las obras de Dalí o de otros artistas?
David irguió sus tres metros de altura, colocó la pierna derecha en contraposto para asegurar el equilibrio; cargó la honda sobre su brazo izquierdo, dejó caer su brazo derecho finalizado en una mano algo mayor que la proporción requerida. Sus ojos perdieron la luz, su rostro de concentró en la proximidad del ataque a Goliat. La majestuosidad del mármol de Carrara y el ideal griego de belleza se concretaron ante Carolina.
-Tal cual! Detalle por detalle. No cabe ni la más mínima duda- dijo la joven con ojo de experta- Gracias. Disculpe, ¿puedo ofrecerle algo para cubrirse?
-Ja,jaj,jajjj! Soy David, no la Maja de Goya que visten y desvisten según pruritos de época.
- Permítame preguntarle acerca de su rictus, preparado para el ataque a Goliat… Se contradice con su voz clara, la serenidad de su trato y expresiones.
-Seamos realistas, mujer. De un gran bloque de mármol de Carrara, otros dos escultores no pudieron sacar más que desechos. Miguel Ángel me esculpió por pedido y salí como salí. Yo no soy yo. No conocí a Goliat. Esas son historias bíblicas.
El té y las confituras iban desapareciendo de la mesa entre palabra y palabra y los curiosos fuera de la casa de Tita iban en aumento. Las mujeres miraban con poco disimulada exacerbación y los hombres, sintiéndose cada vez más mínimos, casi pigmeos.
-¡Qué situación, David! En el museo no pasará desapercibida su falta.
-No pienso volver, querida. Ya dejé la mi réplica, que estaba afuera, en mi lugar. En todo caso, nadie se molestará cosa por una réplica.
-¿Qué piensa hacer entonces de su vida?
-Hum…¿le parece que podría desarrollarme como stripper?...
LA picardía en los ojos de la abuela Tita, con su gesto de satisfacción iluminando su rostro; el asombro en los de Carolina que no llegaba a conjugar la belleza griega en una acción tan mundana y el “síííí” desaforado y prolongado de las voces femeninas del exterior resolvieron la situación.

martes, 21 de junio de 2011

MAR




Necesitaba repetir ese paseo. Embarqué nuevamente en el “Leonardo da Vinci”; reiteré cada paso hasta la proa y me ubiqué en el mismo lugar.
Ronronearon los motores del catamarán; con movimientos suaves y certeros salió del atracadero y se ubicó mar adentro, paralelo a la costa. El guía nos dio la bienvenida y comenzó su guión explicativo.
Hacia la derecha, el azul inquieto del mar destellaba como espejo corcoveante. Mis ojos no se apartaban del agua. No me interesaba la ciudad vista desde allí; me eran indiferentes sus barrancos tapizados de verde y manchones multicolores.

El mar. El mar me absorbía, me hablaba con sus olas que el viento arreaba en tropel. La quilla del buque las hendía desafiante y ellas le respondían con un estallido salvaje asperjando con su cresta altiva la cubierta. Nuevamente pude atrapar gotas salobres en la boca, repitiendo el rito de comunión. Mis compañeros de viaje festejaban con gritos y risas nerviosas la forzada danza a la que el mar nos sometía.
Pasada la ráfaga, el cabeceo furioso de la nave se trocaba en balanceo expectante, a la espera de una nueva acometida. Las aguas pasaban del verde al pardo, ondulaban, caracoleaban y henchían el lomo amenazantes. El rumor en sordina y el fragor de las olas rompiendo se sucedían con demasiada rapidez. Permanecer en aguas abiertas ya resultaba peligroso.

El atracadero acogió impasible al buque en su lecho líquido, oscuro y hediondo.
Desembarqué sin prisa y me quedé en la escollera. Necesitaba estar muy cerca del mar; no en la playa a donde llega adelgazado en un arrullo; no lo requería en el silencio sino en su estruendo al estrellarse contras rocas pardas y esparcirse en miríadas de gotas de cristal…Allí es donde recupero la tranquilidad, la libertad y la fortaleza.

En la escollera, que es la solución de continuidad entre lo plano, lo previsto, cotidiano, rutinario que representa para mí la playa: la vida de siempre, la ya vivida. En la escollera. No en mar abierto que no deja más que cielo abierto, abismo de luz, donde no hay de dónde asirse y entorpece la experiencia del pensar.
La escollera. El punto de quiebre donde quiero inaugurar la mujer nueva, la que aplasta como a valvas de caracoles los silencios obligados, los gritos ahogados; la que quiere redimirse del sufrimiento de la violencia simbólica y de la otra, esa que denigra y desintegra la identidad, la propia imagen.

A golpe de agua se lavarán se lavarán el miedo y la indefensión que a mis siete años me humillaron en la pedofilia. Las olas me cantarán las rondas infantiles que nunca escuché. A golpe de agua azotada por el viento se borrarán las huellas de ese hombre que no supo ser mi compañero y me dejó vacía de ilusiones, de deseos, de sueños.
El viento salobre llenará de dulces baladas mis oídos, limpiará mi rostro con dedos amantes y amables, me abrazará para contener mis angustias.

No me muevo de la escollera; no lo haré hasta que las últimas briznas de mi pasado haya sido devorada por los peces. Aquí quiero inaugurar la mujer nueva.
Entonces se calmarán las aguas. Entonces sí me iré caminando muy despacio, no sé si orillando la playa o mar adentro.