sábado, 11 de junio de 2011

LA LLORONA (re-elaboración de la leyenda urbana)


Levanto el hocico librando mi nariz a los cuatro vientos…¡ otra vez olfateo el miedo la mujer y de los chicos!
Lo pelos de mi cruz se acomodan enhiestos; cada vez se expande más mi pelambre. Cede por momentos y vuelve a erguirse ante el gemido angustioso, el llanto dolorido que está fuera de la casa, junto a la venta.
Los perros vemos cosas que los humanos no alcanzan a percibir. Veo al patrón, el marido muerto de la mujer, cuando pasea un poco por la casa mirando con una sonrisa tierna a los chicos; ella ni se mueve, duerme tranquila, no sabe que está por ahí. Yo sí lo veo aparecer de la nada y volver a diluirse. Me pongo inquieto aunque enseguida se me pasa ahora que soy viejo. Antes, no; cuando era cachorro alborotaba bastante cuando aparecía. Él fue quien me dejó entrar y quedarme en esta casa.
Antes era “de la calle”. Entonces veía a la llorona y le conocía todos los movimientos. Una masa brumosa le daba paso a la luz de la luna de medianoche; con su manto entre vaporoso y luminoso recorría las calles emitiendo tristes y prolongadísimos gemidos, lo que hacía suponer una honda pena moral o un tremendo dolor físico.
Las hipótesis acerca de esa aparición venían repitiéndose desde antaño: me decían mis congéneres caninos que les habían contado que quizá era el alma en pena de una joven que había abortado o de una mujer a quien le habían arrebatado el hijo; también que podría ser que veniera a llorar a sus hijos huérfanos… Como fuere, su sino era vagar eternamente por la Tierra llorando su angustia.
En esos tiempos, la veía dar pasos lentos por silenciosas calles solitarias, detenerse en algunas ventanas, levantar la cabeza al cielo y gemir con tanto desconsuelo llamando al niño. Otros perros más viejos entonces me habían contado que hacía muchísimos años hasta los hombres más valientes quedaban mudos, pálidos y fríos tras ella; la seguían con la vista hasta verla desaparecer dentro de la bruma tras un último penetrante, agudo y prolongado gemido, con la cabeza dirigida al oriente.
Fueran una o miles las mujeres sufrientes por un hijo las plasmadas en la llorona, se repetía el rito ancestral.

Ya no ladro más; les dejo ese afán a los cachorros. Ellos tienen aún muchas cosas que conocer e incorporar a su perruna memoria.

martes, 10 de mayo de 2011

BIOGRAFÍA APÓCRIFA


“A mí, tan luego…” que me nutre la convicción de que todos los habitantes de este mundo permaneceremos sólo mientras nos mantenga un sueño, me comentaron acerca de aquel chiquillo - sentado a lo lejos, solo con su perro – está siempre gesticulando como si estuviera interpretando melodías en una guitarra.
Su cabellera desgreñada, de color posiblemente oscuro pero indescifrable, enmarca su rostro. Rostro que va perdiendo la sus formas redondeadas, de niño, dando paso a los primeros ángulos en los pómulos y en los maxilares del adolescente.
Ojos oscuros, de tupidas pestañas, bailan debajo de las cejas bien delineadas cuyo color pardo no parece haber sido afectado por el sol, el polvo y la falta de un trozo de jabón blanco como sí hacía presuponer el cabello. Dos líneas verticales en el entrecejo, no por enojo o preocupación sino la perpetua sensación de estar oyendo, concentrado, los acordes que en su ensoñación arrancaba a una imaginaria guitarra.
Su figura menuda recostada sobre el tronco del árbol, lleva ropas de origen incierto: de algún posible hermano o quizá ofrecida por esos tantos seres caritativos a su personalidad apacible, que a nadie molesta y a todos deja abre un interrogante con su imaginaria guitarra que hace sonar en aquel apartado rincón.
Manolito era uno de esos habitantes que dan colorido a un pueblo. Nadie desconocía al chiquillo que tarde a tarde soñaba melodías. No se le conocía familia, era algo así como propiedad colectiva, parte del paisaje.
Bienhadado el día en que la ternura que generaban su desamparo y su música interior hizo que le regalaran una guitarra.
Feliz con sus dos instrumentos, Manuel hacía volar la mirada de la nueva adquisición a sus manos adiestradas para la otra. Una duda se marcó en su entrecejo: ¿sonarían igual, sería la nueva tan dócil como la otra? Probó con algunos acordes. Sonaba bien. Intentó con una melodía más compleja; las notas atascadas en las cuerdas, desvirtuándose.
- Falla, dijo el músico
El desconcierto se dibujó en el rostro de quienes se la habían regalado, pero no en del jovencito. Le ofrecieron hacerla afinar por un profesional; no quiso. Acotó:
- Si entrené a una para diga lo que yo quiero, puedo entrenar a otra para que diga lo que yo quiero, lo que a mí me brota del corazón, de la mente y pasa a mis manos. Eso nadie lo puede saber más que yo.
Regresó a su apartado viejo tronco, pensando melodías con su vieja guitarra y adiestrando a la nueva para que las reprodujera tal cual las oía en su interior. Cada tanto alguien le preguntaba si la guitarra seguía fallando
- Falla… mi manera, respondía.
Manolito se hizo hombre con sus guitarras a cuestas. ¿Fallaba? ¡No!! Al fin lo comprendió: sus creaciones necesitaban de más instrumentos para que fueran fieles a sus imágenes mentales.
Como un río desmadrado, sus inspiraciones tomaron cuerpo y nombre. “El amor brujo”, “La vida breve”, “El sombrero de Tres Picos”, “Los amores de Inés” fueron interpretadas por pequeñas orquestas. Las notas de “Mazurka”; “Vals nocturno”, “Serenata andaluza”, “Capricho” emergieron de otros instrumentos.
La guitarra que hacía tanto tiempo recibiera Manuel no fallaba… O sí, “fallaba”: recostado sobre el mismo tronco que lo contuvo de pequeño allá en Alta Gracia, se durmió para siempre don Manuel de Falla


Abril de 2011
Basado en el cuento “El pequeño rey zaparrastroso” de Eduardo Galeano

domingo, 16 de enero de 2011

SESIÓN DE TERAPIA


No pienses que vivo mirando mi ombligo. No pienses que estoy ciega de dolor, que no puedo ver a otras personas con todas sus virtudes. Puedo, sí, puedo mirarte y verte, ver tu maravilloso mundo interior. Tus celestes y ocres plasmados en una pintura; tus elecciones literarias; el placer igualado en un Mozart, Chopin, Debussy; Monet, Degas, Xul Solar, Goghin; tu toma de posición frente los aconteceres de la sociedad, del mundo; tu palabra de autoridad acerca de muchos tópicos. Puedo, si, escuchar las múltiples anécdotas que acumulaste en tu vida; complacerme en las que compartís conmigo, sentir tu tímido orgullo cuando ponés en mis manos todos los diplomas que te acreditan.
Puedo sentir el abismo cuando tu mano derecha apoyada con suavidad en mi hombro izquierdo marca la distancia psicofísica en el saludo de despedida de cada encuentro...