La presencia de Su Alteza Real en la morada de los enanos los dejó
estupefactos y por ende, quedaron sin saber qué hacer, más que inclinar la
cabeza ante la ilustre visitante.
- - Déjense de genuflexiones y pongámonos a trabajar
Tan inesperado y abrupto inicio de conversación los turbó aún más. ¿Más
trabajo? Recién llegaban, exhaustos, de las minas; la casa estaba aún
desordenada y los alimentos en espera de ser preparados. ¿Qué querría ahora la
caprichosa niña?
Sin ambages, los reunió en torno a la mesa vacía, desplegó un gran (así
les pareció a ellos) plano de las instalaciones del Banco Real en el cual
estaban claramente señaladas las cámaras de
vigilancia, los pasillos, las tuberías del aire acondicionado, la
ubicación exacta de la caja del tesoro.
La idea era tan simple para la muchacha como inconcebible para los
pequeños hombres: saquear la caja. De modo que, con autosuficiencia y dando el
éxito por descontado, distribuyó a cada uno su función. Pasaron el resto de la
noche repasando el proyecto, haciendo el simulacro de los pasos a seguir,
reiterándolos hasta el hartazgo.
Unas horas de sueño previo a la ejecución
del golpe dejaron a los enanitos con bríos y seguros de sí mismos para
desempeñarse en lo que vendría. Blancanieves no logró despertarse; parece que
una manzana le cayó demasiado indigesta.
