Se tornó más liviana el alma al despojarse de los momentos
compartidos, de los que provocaron sonrisas o lágrimas, ternuras o asperezas,
estímulos o reproches. Las palabras perdieron su dimensión. Ahora sólo son
signos trazados en hojas que ya no admiten agregados.
Escrita la página
final de nuestra historia, cobriza hoja que el otoño robó al arce y lanzó al
agua, el libro comenzó a derivar por el río de la desmemoria.
